Donde termina el hombre y empieza el mito

Todos estamos deseosos, por lo general, de saber más acerca de las estrellas mediáticas. De esas personas que bien por su carácter, por su genialidad o por la casualidad, son capaces de aunar el criterio de muchas personas en torno suyo. A veces con carácter positivo y otras de forma negativa. O incluso ambas al mismo tiempo.

A veces, es imposible discernir entre el artista y la persona. Como unidos en una simbiosis perfecta. Otros, en cambio, parecen llevar vidas paralelas, y cuando suben a un escenario o simplemente ejercen de artista, sea cual sea el ámbito, son una persona totalmente diferente a la que se puede conocer cotidianamente. Estos últimos son los que nacen con un don. Algo muy especial que fluye de ellos con naturalidad y que es capaz de arrastrar a las masas. Más de uno nos sorprenderíamos si conocieramos los gustos, preferencias o carácter de nuestro artista favorito. Se prefiere en muchos casos conocer sólo la faceta artística, la que nos hace vibrar, e ignorar su vertiente más humana.

Uno de esos ejemplos fue Michael Jackson. Quién iba a imaginar que la seguridad y rotundidad que mostraba al cantar o al bailar eran inversamente proporcionales a su carácter tímido y retraido fuera de los escenarios. Si a eso sumamos los abusos cometidos por su padre desde la más tierna infancia, no sólo físicos sino también psicológicos, y el acoso de los medios de comunicación y, en menor medida, el de los fans, hicieron que su privada fuera en cierto modo sórdida. Y claro, esas dos divergencias, ese artista – persona, que parecían ir por derroteros contrapuestos, a medida que pasaba el tiempo no hicieron otra cosa mas que converger en lo que ha llegado a ser Michael Jackson al día de hoy.

Acuciado por los escándalos de pederastia, se retiró hace años de los escenarios y casi de la vida pública. Intentó salvar su imagen pública concediendo entrevistas u ofreciendo videos de su vida cotidiana jamás vistos. Lejos de limpiar su imagen, nos mostraban a un Michael Jackson adormecido, sin chispa, lejos de aquella vitalidad en los escenarios. Incluso diría que rídiculo y digno de lástima en muchos momentos. Aquello no hacía más que presagiar el desenlace que sobrevino hace poco.

Hay algo más que llama poderosamente la atención de esas entrevistas; él mismo ha confesado que tiene el espíritu y el corazón de Peter Pan. Y  no puede ser más cierto. Claro que el dinero que tenía le permitía ser lo que quisiera y si él, siendo ya por edad un adulto seguía pensando que era un niño, podía permitirse el lujo de construir un mundo alrededor donde conseguir ese objetivo. Es decir, vivía absolutamente ajeno a la realidad. Este interés por la infancia, quizá provocado por su prematuro estrellato que le privó de ella, lo impulsó a realizar labores humanitarias enfocadas sobre todo al bienestar de los niños.

En 2009 todo se precipita. Primero el anuncio de 50 conciertos en un tiempo record para más tarde morir en su casa de Beverly Hills tras la ingesta, supuestamente, de un cocktel de medicamentos.

Me dio mucha pena comprobar ayer, en el homenaje, el uso que se hizo de la imagen de Michael Jackson para enarbolar intereses particulares, ya sean sociales o políticos. Siempre intento sacar la verdad de las cosas y me molesta cuando ésta se encuentra enterrada entre intereses y subterfugios varios. Me quedo con la verdad que vi en su homenaje. La emoción de los artistas que participaron, de sus familiares y las quebradizas palabras de su hija.

Si de algo podemos estar seguros es de su enorme talento y de su contribución a causas benéficas. Un legado que nublará completamente la sombra de los escándalos, de las incontables cirujías y de su declive físico y mental. El artista, el mito, la leyenda, estarán ahí siempre.

Descanse en paz.michael_jackson

Una respuesta to “Donde termina el hombre y empieza el mito”

  1. amen, hermano.
    Maikol vivirá en nuestro recuerdo, los que lo conocimos aun en su plenitud artística. Lo triste es que las nuevas generaciones solo lo recordarán por los escándalos y las mierdas que sacan dia tras dia en los puñeteros programas del “corazon”.
    Buen artículo, amigo.

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